lunes, 27 de abril de 2015

Lo que aprendí de mi abuelo Félix

    Hace unas semanas murió Félix, mi abuelo paterno. Fue un hombre que trabajó duro para asegurarles un futuro a sus hijos, y lo consiguió. Cuando yo era aún un chaval, sufrió un trombo cerebral y quedó muy incapacitado; no volvió a ser el mismo, aunque en ocasiones tuvo momentos de más lucidez. Vivió así durante años.
     Cuando, antes de morir, su salud empeoró, me paré a reflexionar sobre mis recuerdos sobre él, y recordé varias cosas que se me han quedado grabadas desde niño, algunas de las cuales estoy seguro que han influenciado mucho mi personalidad. En el funeral, tuve la suerte de poder recordar en público estas y otras cosas de su vida. Como dije en aquel momento, creo que, además de los bienes materiales y sus descendientes, su gran legado también es su forma de afrontar la vida . Y estas son las cosas que yo, personalmente, aprendí por él.

De todo se puede aprender

     Recuerdo a mi abuelo contándome que había aprendido a hacerse el nudo de la corbata a base de fijarse en cómo lo hacían los personajes de las películas en la tele (mi padre me dice que tuvo que ser en el cine, no en la televisión; los recuerdos son engañosos, es posible que esté equivocado con lo de la tele, aunque creo que también cabe la posibilidad de que a mí me dijera que lo había aprendido con la tele para que yo, como niño que era, lo entendiera mejor).
     Esta anécdota implica que supo sacar un provecho práctico de lo que llamamos "la caja tonta" (o del cine, si fuera el caso). Creo que esto se me grabó como una enseñanza de que de TODO se puede aprender, y se puede aprender continuamente. Incluso de los malos ejemplos, incluso de los discursos estúpidos o ignorantes, incluso de lo que no intenta enseñar. El provecho que se saca de algo no depende tanto de ese algo, sino de la actitud con que lo miras.

Con una sonrisa por delante se va a cualquier parte

     El abuelo repetía a menudo que "con una sonrisa por delante se va a cualquier parte". Recuerdo cómo enfatizaba que, al hablar con alguien que estuviera atendiendo en una ventanilla, por ejemplo, no era lo mismo hacerlo yendo serio que ofreciendo desde el primer momento una sonrisa. Creo que hablaba por experiencia, y con esto, venía a decir que con una actitud positiva y amable hacia los demás, es más fácil que los demás se abran a nosotros, y se ahorran muchos problemas.

A la hora de hacer, el que más hace es el más listo

     Algo que recuerdo al abuelo diciendo mucho es que "a la hora de comer, el que más come es el más listo; a la hora de jugar, el que más juega es el más listo; a la hora de estudiar, el que más estudia es el más listo". La lista de acciones variaba según cuándo te lo decía, pero dice mi padre que siempre terminaba con lo de la hora de estudiar, ya que esto lo decía sobre todo para enfatizar la importancia del estudio. Sin embargo para mí, que durante años he tenido esta retahíla en la cabeza, este dicho llegó a significar algo más. Lo que yo entendía es que en la vida nos toca hacer muchas cosas que no nos agradan (cosas como madrugar, estudiar, trabajar), pero muchas de estas cosas son importantes y necesarias, pese a que no nos apetezcan. A menudo, hay un momento para cada cosa, y por eso, cuando llega ese momento, lo mejor que podemos hacer es centrarnos en ese instante, saber sacar el mayor partido de él, e incluso disfrutarlo. Creo que con este consejo, consciente o inconscientemente, nos estaba recomendando aprovechar el tiempo.
     En este sentido, recuerdo cómo estando en el instituto, y sabiendo que tenía que estar en las clases a la fuerza, me esforcé (con satisfactorios resultados) por atender en clase tanto como pudiera, con la firme idea, lo admito, de luego no tener que estudiar -o estudiar lo mínimo- para aprobar los exámenes. Se ve que, de alguna manera, encontré la forma de seguir su consejo y saltármelo, a la vez.

Causa y efecto

    En el día a día tenemos cientos de demostraciones de causa y efecto. Sin embargo, el primer recuerdo marcado que tengo yo en este sentido tiene que ver con mi abuelo Félix también. Esta no fue una lección suya, pero es un recuerdo que asocio a él y, en cierto modo, no puedo evitar pensar en ello como algo más que aprendí de él.
    Era una mañana muy fría. Yo y mis hermanos Abel e Isaac éramos muy pequeños, y nos habíamos quedado a dormir en casa de mis abuelos. Mi abuelo nos llevó a la calle Madrid para coger un autobús que nos llevaría al colegio. Con la previsión de mi abuelo, llegamos a la parada varios minutos antes que el autobús, y nosotros teníamos mucho frío. Entonces mi abuelo nos dijo: "Corred hasta ese poste de allí y volved, ya veréis cómo entráis en calor". Yo era escéptico a aquella idea, no veía la relación entre correr y entrar en calor. Imagino que entendía que lo único que daba calor era más ropa, sitios cerrados y los radiadores. Creo que dudé, pero mi abuelo insistió, y corrí. Fui hasta el poste en cuestión y volví, pero no noté más calor. "No funciona", es probable que dijera yo. "Pues repite hasta que funcione", es probable que dijera él. Así lo hice, y creo recordar que tras siete idas y vueltas, estaba completamente acalorado. Aquello me maravilló, y desde entonces sentí que siempre sabría qué hacer si quería combatir el frío. Fue como adquirir un superpoder.
     Pero además, creo que aquello se me quedó marcado de forma subconsciente como una demostración de las relaciones ocultas y misteriosas entre las causas y los efectos. Y en esa (posterior) batalla mental por dilucidar a qué causas corresponden qué efectos creo que está la base de mi afición por la lógica y la ciencia.
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     Estos son cuatro enseñanzas concretas que asocio a mi abuelo, pero sin duda hay más, muchas de ellas más sutiles y dadas por su ejemplo más que por su palabra.
     Recuerdo atravesar las vías de la antigua Renfe con él, pasear por la carretera de Arcos arriba, las manzanas que siempre tenía y los Huesitos que siempre nos daba. Le recuerdo haciendo ejercicio en la terraza a una hora tempranísima, y el olor característico de la casa de los abuelos. Hoy la que era la casa de los abuelos ha perdido su olor característico. Confío en que los que somos su descendencia no perdamos sus mejores valores.

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