sábado, 3 de agosto de 2013

Crónica de una desdicha

   Esa mierda de que los sueños se cumplen si luchas por ellos es mentira. Desde niña, mi gran sueño ha sido ser camarera. Recuerdo cuando acompañaba a mi padre al bar, normalmente hasta altas horas de la noche, cómo esos seres míticos se movían con gracilidad para servir cañas, tapas y cacahuetes. Había una camarera en especial que me inspiró. Nunca parpadeaba, se le marcaban los huesos de la frente y era capaz de servir a cuatro clientes al mismo tiempo. Aquello eran superpoderes. Además, fue la primera mujer que conocí con cojones. Cuando era la hora de cerrar,  y yo le pedía a mi padre por favor que voliéramos a casa ya, mi padre no me hacía ni caso. Me palmeaba la cabeza e intentaba pedir otro vino. Pero entonces ella, la camarera con superpoderes, crecía en tamaño y fuerza y soltaba un berrido que hacía salir a mi padre a trompicones por la puerta.

   Mi madre me compró una cocinita, pero la usaba mi hermano, que era al que le gustaba eso, y cuando hacía sus platos de plastilina yo se los servía a las muñecas y los peluches. En las comidas, yo me encargaba de poner la mesa y repartir la comida, cosa que a mi padre le daba igual, pero que a mi madre no le hacía gracia. Un día mi madre estalló: "¡Hay cosas que una niña no puede hacer! ¡Si quiere servir, que se busque su marido!". A partir de ese día me tuve que conformar con llevarle latas de cerveza y bocadillos a mi padre cuando veía la tele, hasta que lo descubrió mi madre. Me sentía tan frustrada que mi entretenimiento favorito se convirtió en esperar junto al fregadero para poder servir un vaso de agua si alguien venía a echárselo.

   Cuando terminé la ESO dejé mis datos en todos los bares del barrio, pero ninguno quiso contratarme sin tener estudios superiores, así que me puse con el bachillerato y la universidad, para ser una camarera de provecho. Con tan mala suerte que en la universidad hicieron un casting para una película ¡y yo no me presenté ni nada, pero me vio un ojeador y me quiso meter en la película! Yo dije que no y que no, por supuesto. No me ofreció más que dinero y fama. Yo lo que necesitaba era realización personal, sentir el placer de tirar una caña y sacar la espuma justa, o echar un mosto sin mirar el vaso... Pero se enteraron mis amigas y mis padres y me hicieron ver que a veces, para alcanzar nuestros sueños, primero tenemos que sacrificarnos un poco, ir a lo seguro, ganar un salario mínimo e ir ahorrando, etcétera. Con eso en mente, terminé vendiendo mi cara bonita por las perrillas que me ofrecían, con idea de no repetir la angustiosa experiencia nunca jamás. Pero la puta película tuvo que triunfar. Y mi cara, o mis tetas, se hicieron ultrafamosas. Y mi padre de pronto se acordó de todo lo que había invertido en mí durante 20 años. Cervezas incluidas. Así que de ahí a verme obligada a ser protagonista en una superproducción hubo un suspiro. Los millones, la fama, blablablá. Ni siquiera me puedo hacer mis propios cafés. Tienen a un chaval que me trae lo que necesite. Un horror.

   Ahora me quieren meter en política. Soy mujer, soy de clase obrera, soy popular. Dicen que represento tantas minorías que tengo la mayoría asegurada. Yo sólo quiero que me griten un piropo indecente desde el otro lado de la barra y poder cagarme en los muertos del borracho de turno. Asco de éxito. Así no me contratan ya ni en un club de stripteases. Paso de esa mediocridad de revista de cotilleos. Paso de servir al pueblo. A no ser que quieran algo para mojar el gaznate.

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